Como si esto fue ayer, un fuego que no se apaga.

Un día como hoy, pero del año pasado estaba viajando a vivir una experiencia que dejaría una gran huella en mi persona. ¿En dónde? En un pueblo en una colina al norte de Lyon – Francia, en la región de Borgoña llamada Taizé. En este lugar se encuentra una comunidad de hombres comprometidos para toda la vida a seguir a Cristo.

Taizé, una comunidad ecuménica, fundada por el Hermano Roger en 1940, la cual busca la reconciliación entre los cristianos. De hecho, en unos de sus libros dice: “En mi juventud, me quedé sorprendido al ver a los cristianos que, aún viviendo de un Dios de amor, perdía tantas energías justificando sus separaciones. Así que me dije que hacía falta crear una vida en común…”

Por mi parte, tuve que dejar de lado “todo” para embarcarme en este camino prácticamente nuevo para mí, ya que conocía muy poco de la comunidad de Taizé, casi nada la verdad. Pero a pesar de las dudas, dije que “Sí, voy”. Luego estuve tres meses de voluntario en Francia.

Salí de Chile el día 1 de julio y llegué a Lyon, Francia en el atardecer del día siguiente, pero quedaba un tramo más para llegar, y luego con Esteban de Chile y Teo de Líbano (otros nuevos voluntarios) llegamos a la comunidad pasada la media noche. Pensamos, una o dos personas nos van a recibir, error, había un grupo esperando nuestra llegada, tan bello todos. Y de ese momento da comienzo la mejor experiencia que he tenido en mi vida.

Uno de mis retos personales, fue el idioma, mi inglés no es bueno, y decía ¿Cómo lo haré? ¿Me entenderán? Pero Dios tiene todo listo, había gente que ayudaba con traducciones, otras veces observaba, y en otras hablaba un poco de inglés, de forma calmada y paciente para que me pudieran entender, y se lograba.

Taizé es un lugar mágico, el cual ayuda muchas veces a reponer fuerzas para seguir adelante, también en lo físico, como en lo espiritual. Y así lo han visto distintos responsables de diversas iglesias, ejemplo: el Papa Juan Pablo II, Metropolitanos Ortodoxos, Obispos Luteranos, Metodistas, entre otros.

Una de las cosas que extraño son las tres oraciones al día, el rezar en comunidad, sin importar de donde es la persona que está a tu lado, ni su creencia; escuchar las campanas que indicaban que estaba por empezar la oración y había que ir a la iglesia. Cantar una y otra vez frases sencillas, pero de grandes mensajes, los momentos de silencios que invitaban a meditar, contemplar y/o simplemente a disfrutar ese momento con Dios. Recuerdo que los primeros días veía gente hacer algunas filas en ciertos lugares después de la oración de la noche, y era porque algunos hermanos se acercaban para escuchar a estas personas. Un gesto tan noble, cuántas veces uno quiere ser escuchado y no sabe con quién, y en la comunidad hasta el Hermano Alois (Prior de Taizé) llegaba hasta uno de estos puntos.

Los voluntarios que vivimos en Taizé, tenemos distintos trabajos semanales, estos puede ser: en la mañana, en la tarde y algunos en la noche. Pero siempre se realizaban 2 turnos al día, estos iban desde: lavar la loza, ayudar en la cocina, distribuir la comida, haciendo aseo, reparaciones de camas u otras cosas, apoyar en la iglesia, y muchos más. Con respecto a lo anterior, eran los momentos perfectos para seguir viviendo en comunidad, conocer a la gente que va a la colina y conversar y preguntarse: ¿de dónde son?, ¿cuantas veces han venido a Taizé?, ¿si este año vienen con un amigo que no había venido nunca? Naturalmente es hermoso, estar con ellos día a día. En las oraciones, en los viernes de veneración a la cruz, los sábados de oración de la luz, y el domingo por la tarde en la oración de silencio por la paz del mundo, es muy lindo todo. Debo agregar que la Iglesia de la Reconciliación nunca cierra, siempre está abierta para cualquier persona que quiera ir durante la noche, en ocasiones estaba ahí en la madrugada, y siempre había gente orando, a veces durante toda la noche.

Durante mi periodo en Taizé, me reunía a menudo con mi hermano de contacto (Hermano Christophe) para hablar sobre cómo me sentía, y me guio en mi semana de silencio. Semana muy especial para mí, sentir el amor de Cristo en cosas tan simples, rodeado de paisajes maravillosos, una experiencia enriquecedora. Y creo firmemente que por todo lo dicho, muchas personas decimos que Taizé es nuestro “Pedacito de cielo”.

En la comunidad cada sábado había presentaciones culturas de los voluntarios presentes de sus países, como América Latina, en tres ocasiones mostramos a los visitantes de una semana y a los amigos permanentes (voluntarios) sobre nuestras tierras con bailes, cantos, y dinámicas. Se llenaba de gen te ese lugar, se pasaba de maravilla, y una de los casos que hicimos en grupo fue cantar la canción “Solo le pido a Dios” un poquito en francés, en portugués y en español.

Pero el tiempo ahí no era para siempre y se acababan los tres meses de todos, unos antes, otros después. Y era difícil despedir con quienes vivías día a día en este tesoro de cielo en la tierra, el sentimiento de querer quedarme era tan grande, el sentimiento de decirle a tu hermano: te quiero volver a ver; Cada presente con tanto amor dado es un regalo inmenso que llevo dentro de mí hoy en día. No hay momento que olvide esa fuente de agua viva, siento a Jesús en cada rincón de Taizé, esa simplicidad de vivir, el aire que se respira, la energía que inunda a cada persona, es realmente maravilloso. Y aunque mi partida fue muy temprano por la mañana, llegaron algunos voluntarios desafiando la hora para poder dar un abrazo, una sonrisa, una palabra de agradecimiento por todo el cariño dado.

Es bonito saber que a un año de todo, tengo una familia, una nueva; en Asia, Oceanía, Europa, Africa y en América. Los extraño a todos, como las conversaciones por las noches, las comidas, un helado por la tarde o simplemente cantar juntos durante varios minutos. El idioma del amor que se formó gracias a Dios es gigantesco, y disfruto por este hermoso regalo de la vida.

“Abriendo el Evangelio, cada uno puede decirse: estas palabras de Jesús son un poco como una carta antigua que me ha sido escrita en un idioma desconocido para mí; pero ya que ha sido dirigida a mí por alguien que me ama, yo trato de comprender su significado, y pondré inmediatamente en práctica en mi vida lo poco que haya entendido”

Hermano Roger.

Jack E. González Zamorano

Integrante de la Pastoral Juvenil Diócesana de Valparaíso

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