Chile: el deseo de una paz cargada de justicia

Para comenzar estas líneas repito con León Gieco: “Sólo le pido a Dios, que lo injusto no me sea indiferente”. Y es algo que siempre estoy pidiendo al Señor desde hace años, pero esta frase se actualiza en la realidad de mi Chile de hoy. Ese Chile que tiene los ojos del mundo puestos sobre él. Diversos y variados temas sociales son los que nos tienen así. Muchas injusticias con el pueblo, un pueblo que a diferencia de otras épocas “despertó” y “ya no tiene miedo”.

Para mí tomar conciencia y valorar este movimiento es visualizar estos últimos días y mirar con emoción como ciudades enteras se convocan pacíficamente y se unen para pedir juntos el bien común y cantar como pueblo una única esperanza. Esa esperanza que sueña dignidad, que clama justicia y quiere la paz para todos. Al menos sé que todo eso anhela la mayor parte de los ciudadanos, me incluyo.

No quisiera referirme en esta ocasión a los múltiples actos de violencia y vandalismo de los primeros días utilizado por algunos chilenos que han destrozado todo a su paso empañando el derecho legítimo de manifestarse. Ni tampoco a lo repudiable de la fuerza desmedida y violación a los derechos humanos de algunos uniformados. Ambos hechos me parecen mal e insisto que no quiero detenerme en ese tema, basta con mirar los medios de comunicación y redes sociales donde hay información de sobra. Creíble o no, montaje o no, tampoco es algo de lo que quisiera dar mi opinión.

El otro día, en mi trabajo tuvimos una jornada de reflexión. A mí parecer, muy provechosa. Estoy muy a favor de propiciar espacios de escucha y donde todos como parte de una misma humanidad tengamos el espacio de expresarnos y dialogar. Ese día escuché múltiples opiniones y puntos de vista. Estuve de acuerdo con algunos más que otros, pero allí es donde siempre debe reinar el respeto y la tolerancia. Fue muy interesante hablar de nuestro País, de todo lo que acontece y muy importante también como cada uno siente y vive este momento de nuestra historia. Pero algo que me marcó mucho de esta conversación fue poder reflejar todo este acontecer nacional en cómo está el mundo y las personas.

No sintiéndome al margen, esa idea me hizo pensar en situaciones concretas, cercanas y otras no tanto en dónde he podido captar nuestra pobreza humana. Una falta de empatía gigantesca, un egoísmo que solo mira su propio bienestar sin llevar nuestra vista hacia el más necesitado. Tantas injusticias cargadas de rostros, falta de dignidad, pobreza extrema que invita a buscar otros caminos para buscar soluciones. Todas esas situaciones nos muestra nuestro Chile de hoy, todas esas miserias carga nuestro pueblo. Sin color político ni ideología de por medio, no puedo ser indiferente ante el dolor de las personas, y también porque siendo creyente me siento con la obligación de decir algo, con sencillez, de tocar una olla al ritmo de un país que pide equidad, y también con el arma más fuerte que tenemos los creyentes que es la oración. Sé que “ya no basta con rezar” como muchos dicen, pero estoy seguro que ayuda y mucho. Dios intercede por las necesidades de sus hijos.

Esta pobreza humana, estas fragilidades nuestras como pueblo me hacen pensar en algo que leí en una pancarta el otro día “A Chile le hace falta Dios” y eso resume en parte mi sentir y por eso pido también. No permitamos que el mal espíritu “siga metiendo su cola”, no dejemos que nos roben la esperanza. Pido con fuerza que llegue la paz para mi País, pero la paz que brota de la justicia y la dignidad para todos.

Javier Navarrete

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